El Sermón del Monte

por Padre Carmen Mele, OP

North Texas Catholic

12/30/2016

El Sermón del Monte por James Tissot (1886).

La única realidad penetrante y permanente de este año nuevo para nosotros católicos será el Evangelio según San Mateo. Por la gran mayoría de los domingos lo vamos a escuchar en la misa. Es el evangelio que tiene como su tema central a Jesús, igualmente divino y humano.  En ello lo vemos actuando como nuestro legislador y también nuestro modelo en el cumplimiento de la ley.

Por cinco domingos consecutivos, desde el final de enero, la selección evangélica será extraída del Sermón del Monte, capítulos 5 – 7, de este evangelio.  Con toda razón se describe este discurso como la carta magna de la vida cristiana.  Pues no es un sermón propio, sino una catequesis tomada de los dichos de Jesús y formada por el redactor Mateo para perfilar la vida cristiana.  Mateo imagina a Jesús entregando la enseñanza desde las alturas, clásicamente el lugar de  los dioses.  Está proclamando que por fin ha llegado la revelación definitiva de la voluntad divina.

Los primeros tres capítulos de Mateo cuentan los orígenes de Jesús.  El cuarto capítulo trata de Jesús iniciando su ministerio con el lema: “Arrepiéntanse; el Reino de Dios está cerca”.  El Sermón del Monte explica lo que tenemos que hacer para llevar a cabo este mandato.

¿Quiénes somos?  El capítulo cinco del evangelio describe a Jesús separando a sus discípulos de la muchedumbre para darles una instrucción particular.  Como cristianos católicos deberíamos pensar en nosotros como integrantes de este grupito privilegiado.  En tiempo nos haremos en nuevos Moisés transmitiendo el mensaje del Señor a la gente que anhela directivas de lo alto para satisfacer sus deseos más profundos.

Las Bienaventuranzas

Jesús comienza su discurso con las bienaventuranzas.  Comprenden el esquema de una vida realmente feliz.  Aunque en la primera mirada no parezca así, tenemos que meditar en lo que Jesús está ofreciendo.  Está proponiendo un nuevo orden donde reinan la justicia y la paz en lugar de la codicia y el abuso que se ven con demasiada frecuencia ahora.  Jesús nombra nueve modos que conforman el nuevo orden.   Todos sus discípulos tienen cada uno de los nueve aunque algunos destacan un modo mientras otros destacan otro.  Es posible reducir los nueve en dos grupos: las bienaventuranzas de cómo ser y las de cómo actuar.

En primer lugar tenemos que ser como los pobres del espíritu.  Seamos indigentes o seamos adinerados, como pobres del espíritu no contaremos con nuestras pertenencias sino viviremos pendientes de Dios.  Si somos ricos, compartiremos nuestros recursos felizmente con los demás.  Si somos pobres, recibiremos lo que se nos dará, con agradecimiento. 

En segundo lugar tenemos que buscar la justicia en todo lo que digamos y hagamos.  La justicia nos exige disciplinar los deseos para que los demás sean apoyados.  Jesús nos dice que somos “la sal de la tierra” y “la luz del mundo”.   Actuamos como la sal cuando nos mezclamos con los desafortunados dándoles el apoyo necesario para prosperar en un mundo contrario.  Brillamos como la luz cuando demostramos que el camino a la felicidad no pasa por la dominación sino por la colaboración.

La Nueva Ley y el Padre Nuestro

Entonces Jesús se muestra como el hijo verdadero de Dios por modificar seis preceptos de la Ley.  Su propósito en cada caso es redirigir la moralidad, de cumplir mandamientos externos a reformar las intenciones del corazón.  Como sus discípulos tenemos que liberarnos de deseos lujuriosos, odiosos, y violentos.  Hemos de hacernos perfectos como Dios Padre que ama a los malvados tanto como a los justos.

Para ejemplificar lo que quiere decir, Jesús comenta en los tres actos universales de la piedad: la ayuda a los pobres, la oración, y el ayuno.  No debemos hacerlos para llamar la atención a nosotros mismos, sino por amor a Dios.  Jesús se da cuenta que este programa de la perfección constituye un reto insuperable.  No nos sería posible sin auxilio.  Por eso nos enseña la oración que invoca la gracia de Dios Padre.  Se dice que el “Padre Nuestro” queda al mero centro del Sermón del Monte para mostrar su importancia en la vida del cristiano.

La Regla de Oro y la Conclusión

La parte final del Sermón del Monte es un compendio de parábolas, consejos, y exhortaciones con que Jesús ilustra lo que ha enseñado.  Según ellas tenemos que ver sólo lo que es sano para que no se corrompa nuestro interior con deseos perniciosos.  No deberíamos preocuparnos de nada; sólo tenemos que confiar en Dios.  Sobre todo tenemos que ser dirigidos por una regla tanto práctica como sencilla: que tratemos a los demás como querríamos que nos traten a nosotros.

Al final del sermón el evangelista Mateo escribe: “…la gente estaba admirada de cómo (Jesús) enseñaba…”  Evidentemente ellos oyeron de lo que Jesús habló a sus discípulos.  ¿Cómo podían no hacerle caso?  Pues Jesús en este sermón ha resumido la sabiduría de las edades.  Ha dicho todo lo necesario para una vida digna y un futuro glorioso.

La única realidad penetrante y permanente de este año nuevo para nosotros católicos será el Evangelio según San Mateo. Por la gran mayoría de los domingos lo vamos a escuchar en la misa.

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