Ciudadanía fiel: haz el bien y evita el mal

por Obispo Michael Olson

North Texas Catholic

10/20/2016

Monseñor Michael F. Olson
 

Durante las últimas semanas, frecuentemente me he encontrado en conversaciones con mucha gente, acerca de la responsabilidad de los católicos de votar en las próximas elecciones con una buena y bien formada conciencia.

Algunas personas en estas conversaciones han expresado problemas de conciencia ya que les repugna el tenor y substancia del lenguaje y plataformas políticas de los candidatos, porque ambas están en desacuerdo con el Evangelio y las auténticas enseñanzas de la Iglesia. Otra gente en estas conversaciones ha hecho poco caso de sus problemas de conciencia con la disculpa de que “algunas veces uno tiene que elegir el menor de los males”. Esta segunda respuesta es la que yo quiero tratar, como su obispo.

 Lo que me preocupa es que muchas de las personas que me han dado esta respuesta realmente no parecen creer que lo que juzgan ser el “mal menor” es realmente tan malo, para empezar. Lo más importante es que esto incluye esas malas acciones que directamente dañan a los seres humanos, y que de ninguna manera pueden ser justificadas: aborto, racismo, suicidio asistido, terrorismo, la limitación de la libertad de religión, el uso vengativo de la pena de muerte, y la redefinición del matrimonio.

Con todo, también incluye una serie de asuntos sociales que cuando se consideran en abstracto no son intrínsecamente buenos o malos, pero nuestras circunstancias actuales los han hecho en realidad urgentes, de tal modo que la falta de acción de hecho resultaría en daño directo y destrucción a la vida humana y al bien común de una sociedad justa. Estos asuntos incluirían: la reforma e implementación de una justa política migratoria, métodos de aplicación de la ley, una crisis de refugiados sin precedentes, correcta administración de los recursos ambientales, y políticas económicas que den prioridad a las necesidades de los pobres.

También me preocupa que algunos católicos elijan evaluar las enseñanzas y orientación de la Iglesia en cualquiera de estos asuntos midiendo la enseñanza de acuerdo a si apoya o no las posiciones de los candidatos y las plataformas del partido. Otros simplemente consideran que la orientación del Evangelio y la enseñanza de la Iglesia están al mismo nivel que el estruendo de las otras muchas voces parciales que surgen en los medios de comunicación tanto profesionales como sociales. Hasta un amigo me ofreció animó expresando que “él estaba muy contento de ver que los obispos de Texas se habían unido al movimiento contra la pena de muerte”. La declaración, aunque sincera y de buena voluntad, representa el malentendido común que la fidelidad al Evangelio y la responsabilidad de los obispos a enseñar está en segundo lugar, en la formación de nuestra conciencia, al de los movimientos políticos y plataformas partidistas.

Yo les recuerdo que la formación de nuestra conciencia empieza y termina con la oración. Con humildad le pedimos a Dios que abra nuestros corazones y mentes a su verdad que nos ilumina. Examinamos los hechos y a los candidatos lo mejor que podamos discernirlos y no solamente en base a fuentes parciales. Evaluamos un curso de acción por medio de la Sagrada Escritura y el auténtico Magisterio de la Iglesia. Dirigimos la mirada a Jesucristo, la plenitud de la revelación. Como nos enseñó el II Concilio Vaticano “Llamándonos siempre a amar el bien y a evitar el mal, la voz de la conciencia puede, cuando es necesario, hablar a nuestro corazón más claramente: haz esto, evita aquello” (Gaudium et Spes 16).

Una conciencia bien formada nunca está cómoda junto al mal. Una conciencia bien formada puede tolerar los males menores, pero nunca puede sentirse satisfecha a su lado.

Estamos llamados a evitar el mal tanto como estamos llamados a hacer lo que es bueno. Mientras votar es requerido y esencial para cumplir mi responsabilidad social como ciudadano fiel, mi ciudadanía fiel no termina en la urna electoral. Cuando nuestro voto contribuye al establecimiento de políticas que nuestra bien formada conciencia juzgue que son malas, debemos trabajar activa y específicamente en otras formas para promover y defender el bien que esa maldad particular amenace. No hacer eso es pecar gravemente de omisión.

Pido que cada uno de nosotros considere nuestra ciudadanía fiel más allá del día de la elección. Sin importar el resultado de la elección, el examen de nuestra conciencia y el discernimiento del correcto curso de acción para nosotros como fieles católicos continuarán creciendo en importancia, a medida que avanzamos como nación enfrentando a estos serios asuntos en nuestra dividida sociedad. 

Durante las últimas semanas, frecuentemente me he encontrado en conversaciones con mucha gente, acerca de la responsabilidad de los católicos de votar en las próximas elecciones con una buena y bien formada conciencia.

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